14 DÍAS EN EL TÍBET
Un leopardo de las nieves
en el techo del mundo
Para todo aquel que se dé ínfulas de viajero, visitar la meseta tibetana no solo supone un anhelo recurrente, sino que puede representar casi una obsesión. Por ese descomunal congelador de prados fluorescentes y cielo anóxico pasaron mercaderes como Marco Polo, escritores como Matthiessen, zoólogos como Schaller, escaladores como Messner, fotógrafos como Munier, personajes como Tintín, farsantes como Lobsang Rampa, e incluso el mismísimo Brad Pitt se mudó allí a vivir durante siete largos años.
Los insensatos que vivimos in situ lo aquí relatado, asumimos que había llegado el momento de cincelar nuestros nombres en esa selectísima lista de aventureros. No obstante, viajar por las provincias que abarcan el desaparecido «gran Tíbet» en China no es fácil y necesitábamos contar con un profesional que conociera el terreno y atesorase una amplia información experiencial sobre la fauna que pretendíamos ver.
Se cumplió la máxima de que, cuando el alumno está listo, aparece el maestro. ZZ, siglas con las que se le conoce internacionalmente, un sichuanés enjuto, sobrio y miope que contaba con referencias muy positivas de gente cercana, nos confirmó que estaba dispuesto a conducirnos por su territorio en el verano de 2025. Le solicitamos entonces que confeccionara un itinerario que nos permitiese contactar con las especialidades locales de mamíferos.
Pactamos un recorrido de 20 días que nos llevaría desde Chengdú, capital de Sichuan, hasta las montañas próximas a Zhiduo, en la provincia de Qinghai. El camino suponía hacer más de 4.000 kilómetros de coche, así como ascender desde los 500 hasta los 4.900 metros de altitud a los que se asoman algunos de los puertos de montaña que deberíamos superar en el trayecto. Calculamos que dispondríamos exacta mente de 14 días —el guarismo que dobla matemáticamente los años que Brad Pitt pasó aburriendo espectadores en la cinta firmada por Jean-Jacques Annaud— para rastrear la estepa tibetana.
De entre todas las especies posibles, muchas impensables hasta hace solo un par de décadas había una que destacaba de entre todas. A pesar de que dos de nosotros ya la habíamos visto en Ladakh, una pantera alpina pondría precio al éxito o a la frustración de la experiencia para todos.
Es sencillo pensar en animales bonitos, escasos o directamente esquivos, que representan un reto para cualquier naturalista, pero solo unos pocos aportan algo inmaterial que no se puede adornar o construir artificialmente: el leopardo de las nieves cuenta con carisma, misticismo y poesía.
A muchos meses vista del viaje, nuestras expectativas se disparataban y esa sensación debía traslucirse en los correos que intercambiamos con ZZ. Para templar la euforia, el guía nos advirtió de que agosto, como es bien conocido por cualquiera que acumule un mínimo de experiencia de campo, no era el momento idóneo ni para ver aves —siendo mucho mejor la primavera para ver faisanes, monales y tragopanes— nii tampoco amíferos, para lo que él siempre recomendaba otoño o invierno.
Finalmente aterrizamos en China en los últimos días de julio y, tras atiborrarnos de pato laqueado, sufrir los efectos de un tifón en la Gran Muralla de Simatai que dejó decenas de muertos en los suburbios de Beijing, volar a Chengdú, y haber puesto allí nuestras hemorroides a prueba con el hotpot de Sichuan, conocimos personalmente a ZZ y a Gua, el conductor del segundo coche. Cumplidos los requisitos sociales, escapamos de la urbe en dos vehículos todoterreno.
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