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TRAS EL DESMÁN

El latido oculto del río

Es tarde. Ahora lo sé. No podía ni imaginarlo cuando, con siete años, descubría mundos en miniatura debajo de cada piedra del río. 
Ni siquiera cuando, tiempo después, empecé a oír hablar de este pequeño fantasma a los naturalistas que nos precedieron, siempre con la solemnidad que merece un animal único yescurridizo. Pequeños unicornios de los que, en un principio, atesorábamos bibliografía trasnochada, lugares propicios para observarlo y relatos de encuentros fugaces. ¿Cómo iba a suponer entonces que seguirlo y descubrir sus secretos acabaría revelando un final tan amargo? Esta es la historia del desmán ibérico (Galemys pyrenaicus), un pequeño mamífero
que lleva miles de años habitando nuestros ríos y que hoy se encuentra al borde de la desaparición. Ha sido la esquiva constante vital de sus cursos y un bioindicador de su salud. Seguir su rastro es también constatar hasta qué punto los ríos han cambiado y cuánto hemos tardado en escuchar las señales que nos estaban enviando.

Toda historia que pretenda resultar atractiva debe remontarse a tiempos pretéritos en los que la realidad resulta brumosa. En nuestro caso, la realidad la aportan los fósiles, mientras que la incertidumbre nace de la interpretación que hacemos de ellos. Sabemos que ya existían animales similares a nuestros desmanes actuales hace entre 30 y 35 millones de años, y que la «forma desmán» fue común en las zonas húmedas de la desdibujada Europa del Mioceno y el Plioceno.
Aquellos desmanes eran de mayor tamaño, pero presumiblemente de hábitos similares: pequeños mamíferos de apenas unos cientos de gramos, de cuerpos redondeados y con claras adaptaciones a una vida a caballo entre la tierra y el agua dulce. 
Hubo, sin duda, un tiempo feliz para los desmanes, una auténtica edad dorada en la que se desenvolvían decenas de especies.
La fiesta terminó hace unos dos millones de años, con la llegada del hielo. Sin agua corriente, sin ríos ni lagos donde vivir, los desmanes estuvieron a punto de quedar congelados en el tiempo, como los mamuts lanudos. Afortunadamente, lograron sobrevivir en las tierras del sur de Europa, en regiones a las que el glaciarismo no llegó: la península Ibérica y las cuencas afluentes de los mares Negro y Caspio.
En la primera persistió una forma de desmán pequeña, ligada a aguas rápidas y bien oxigenadas: el desmán ibérico, protagonista de esta historia.
Al sur de los Urales sobrevivió un desmán de mayor tamaño, adaptado a las aguas lentas de grandes ríos y lagos: el desmán ruso. Ambos, una vez finalizadas las glaciaciones, recuperaron terreno a partir de un reducido número de zonas que actuaron como refugios. Todo ello ocurrió hace tan solo unas decenas de miles de años.
Mientras tanto, eso que llamamos Homo sapiens se expandía por Europa. Humanos y desmanes prosperaron en nuestra península durante los últimos diez mil años, aunque el desmán lo tuvo más difícil para expandirse. Dependía del agua para desplazarse e incluso una red fluvial prístina impone límites. En principio, no debieron existir grandes problemas de convivencia: los desmanes nunca fueron apreciados por su piel ni por su carne y, al ser nocturnos, semiacuáticos y poco abundantes, las oportunidades de coincidir con los seres de dos patas eran escasas.

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